LOS PANTALONES BAJADOS.

Publicado: 17 enero, 2009 en Sin categoría
Un tipo le obliga a otro a bajarse los pantalones amenazándole con una pistola. Cuando los tiene bajos además le obliga a correr en círculos  mientras el de la pistola y sus amigos se rien de él. Cuenta Primo Levi
que eso era práctica habitual en el campo de concentración de Auschwitz.
El humillador no se conforma con hacerlo, además quiere disfrutar, sentir como al menos su conducta tiene una motivación como el disfrute. Pero no conformándose tampoco con ello quiere que ese disfrute sea compartido, espera inlcuso que el humillado acepte su trato degradante. El sadomasoquismo  sería su ideal. Pero no quedando ahí la cosa, todo humillador necesita también de un o más ”voyeaurs”, lo que le resutará más fácil de encontrar que masoquistas. De elementos que sientan también disfrute observando la humillación participando o no en ella. Todo humillador necesita contarlo a otro, dejar que otros participen indirectamente, y si directamente, impidiendo no obstante que su protagonismo de humillador quedé mermado. Los otros deben ser siempre actores secundarios. EL humillador respeta mucho las jerarquías, y es que tiene que ver con ellas y con el poder y su mecánica.
 
        Si hay algo que me repugna más que un matón son los ”pelotas” que giran entorno a él. Siempre verás alrededor de la mierda cientos de moscas. Pero la relación entre los ”pelotas” y el matón, o entre las moscas y la mierda, es siempre interesada por lo que no tiene ningún valor. No es amistad es negocio. y lo que hoy es una sonrisa mañana puede ser un cuchillo. Eso es el peor malestar del humillador: el temor constante y hasta enfermizo a la infidelidad. Temor no infundado. Sólo puede generar fidelidad con la fuerza por lo cual no es tan fuerte como él cree.
En el colegio de curas tiranos donde estudié de niño, creían que creándote temores, humillándote y haciéndote ver que la mejor manera de ”progresar” era dejándote humillar, nunca iban a encontrar algún problema de insubordinación. Pero pocos niños cargados de odio, incluso los más ”pelotas”, hubiesen dudado lo más mínimo de clavar un cuchillo carnicero en el vientre de uno de esos curas si las luces se apagasen, no hubieran testigos, y tuvieran un cuchillo y un cura cerca. Pero como aquello no era frecuente, por no decir imposible,  el sustituto era otro niño más débil al que humillar o rayar la carrocería del coche de un cura. Y la fidelidad a la religión de Jesús el amoroso duraba lo que duraba el colegio. Y ni siquiera alli esa fidelidad era real sino fingida. Personalmente si en mi infancia albergaba algún ”misticismo” me lo arrancaron  y me lo hicieron comer crudo y bien masticado, lo que no evitó que lo vomitara para siempre.
 
 
 
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