EL PORNO.

Publicado: 12 febrero, 2009 en Sin categoría

El porno como saben causa sensación no tanto por su calidad sino más bien yo diría que por su falta de calidad. No me refiero a los constantes clichés que utiliza (estimulaciones bucales y genitales varias, coitos en posiciones básicas, chicas de silicona y chicos de gimnasio todos perfectamente depilados en el heterosexual típico, pero también se podría hablar de otros clichés en otros tipos de porno), sino la reiteración, fragmentación y falta de imaginación que lo caracteriza. Hace poco por aquello de la curiosidad estuve viendo una de esas pelis porno ”supuestamente diferentes” hechas por mujeres, pero me pareció más de lo mismo. Parece que el estilo necesariamente cae en esos clichés reiterativos para poder gustar; que el mismo público que lo consume lo pide. Intenciones han habido de mezclar ciertos contenidos más o menos interesantes con el sexo explícito pero sin gran éxito. Cuando el sexo explícito deja de ser un cliché reiterativo parece que aburre y se ve como lo que es : ”más anatomía que erotismo”. Una de esas es ”El Imperio de los sentidos” de Nagashi Oshima, una peli con un argumento muy ”freudiano” pero con sexo explícito. Al consumidor de porno clásico, y hasta al consumidor de porno menos clásico, esa peli le seguirá pareciendo una peli japonesa de tanto nivel como una de Kurosawa quizá pero no una porno o cercana al porno. Aunque tenga  partes de sexo explícitas no grabaría por separado esas partes con fines masturbatorios como sí ocurre con las otras, y parece ser que esa es la finalidad de ese cine que nadie termina de ver. El porno no está para nutrir la imaginación y por eso no necesita de la imaginación; es tan banal como orgánico. Excita obviamente y es por lo único que se mantiene. Mas también alimenta una fantasía de dominación sobre todo en el heterosexual u homosexual para público masculino. Fantasía que no se pierde del todo en el dedicado a público femenino que se ve cada vez más en el género. Al obtenerse excitación sexual a través de recursos visuales poco imaginativos tiende a aburrir muy rápidamente sino aumenta cada vez más sus recursos cada vez más burdos. El consumidor de porno si llega a la obsesión con el género pide cada vez más estímulos como si de una droga se tratara, y puede incluso dejarle de excitar si no se cambia algo como por ejemplo otros u otras clases de ‘‘intérpretes’’ sexuales. Pero sólo cambia eso a la par de la explicitez que se vuelve aún más explícita si cabe (y más orgánica, anatómica y vulgar), sobre todo en lo referido a las fantasías de poder. Surgen entonces otros supuestos tipos de pornografía para satisfacer esa nueva demanda  pero sigue utilizando los clichés de comportamiento clásicos pero realizados, por ejemplo, por transexuales, fauna de todo tipo y hasta niños ya en casos extremos y perversos.  Como las pelis de los hermanos Marx, que quisieron tener un contenido hasta romántico en un principio además de las partes graciosas, pero fracasó porque esas partes graciosas eclipsaban el resto y el director tuvo que prescindir de esas otras partes, las pelis porno son pelis de fragmentos con fragmentos importantes y otros de relleno igual que la silicona de labios, pechos y hasta genitales de los actores que más bien se deberían llamar activistas sexuales pues dramáticamente dejan mucho que desear. El sexo pornográfico es  virtual, bastante fingido muchas veces, pero eso no lo inhibe para que influya y de hecho influye más de lo que parece. Lo interesante del sexo es la no planificación del mismo al menos conscientemente; la sorpresa le da mucha emoción al asunto. Mas la influencia no se puede jamás evitar ni de eso ni de nada. Si la excitación sexual se da también a través de la pornografía (sobre todo de mucha pornografía) se repite, aún inconscientemente, los clichés de esas películas; demasiado reiterativos para que no influyan. Y se lleva al terreno de lo privado lo público. Se confunde en una misma cosa. Y eso últimamente está ocurriendo con todo. Y es lógico que si ocurre con algo tan íntimo como el sexo ocurra con todo lo demás. Si excita la sexualidad virtual del porno nos excitará también nuestra sexualidad en la medida que se parezca, que repita sus modelos, porque son modelos referenciales sin ninguna duda. Por ejemplo, clichés como el de ‘correrse en la cara de la chica’ claramente pornográfico segurísimo que se ha extendido como costumbre sexual de fantasía de dominación masculina. El cine pornográfico lesbiano aún siendo más reciente tampoco escapa de ello y parece querer decir: prescindimos también de la imaginación pero hemos construido unos nuevos clichés para nosotras. Qué pena, pues la sexualidad lesbiana quizá era de las pocas que se libraba hasta ahora de ser influida por clichés y dar vía libre por ello a la imaginación que es todo lo contrarío a los clichés. Parece que todos y todas quieren ‘su cliché’ al que amoldar sus gustos sexuales o del tipo que fuera. Mantener relaciones sexuales con otra persona puede llegar a ser, y de hecho ya casi lo es para mucha gente gracias a la pornografía que ya es territorio más que público y de fácil acceso, otro tipo de pornografía ‘privada’. Existe incluso una clase de pornografía de parejas reales que se graban y luego se exhiben en Internet u otros medios. Pornografía, y todo lo que se le parece, es además comercio, dar algo a cambio de otro algo, y ‘calcular’ ese gasto y ese beneficio. De hecho ‘porno’ es una palabra griega que significa prostituta.

http://etimologias.dechile.net/?pornografi.a

El problema de que el sexo sea pornográfico (comercial) no es tanto el rollo moral religioso (que demostrado queda que es más que hipócrita pues luego son esos mismos religiosos los que más frecuentan los burdeles) que a mí personalmente no me incumbe pues pertenece a la moral de la recompensa extramundana de la que hablaba más abajo, sino a lo que Henry Miller en ‘Trópico de Cáncer’ afirmaba cuando decía que un beso puede ser más íntimo que echar un polvo. Todo lo comercial acaba con lo auténtico. Lo comercial produce no crea; produce y reproduce hasta el infinito. Y lo autentico es irrepetible, único, lo verdaderamente auténtico (valga la redundancia). La vida merece ser vivida sobre todo por disfrutar de sus momentos irrepetibles, invalorables e incalculables por eso mismo. Si el sexo como intimidad compartida se convierte en una transacción económica deja de ser algo irrepetible, único, especial. Da igual que se ame o no a esa persona con la que se mantiene relaciones sexuales para que esa relación sea auténtica o no, igual que otro tipo de relaciones. El amor y el conocimiento supuesto (nunca se llega a conocer del todo a nadie por suerte) de alguien no garantiza la autenticidad de esa relación y su irrepetibilidad.  En otras épocas la pornografía era territorio de unos pocos ‘privilegiados’. Para la gran mayoría la construcción de sus fantasías sexuales se hacían mediante las referencias visuales o de sentidos que nos excitaban  ayudadas por la memoria que como saben no es fotográfica; la pornografía es lo contrario, en un principio fue fotográfica y ahora es cinematográfica, fotografías a gran velocidad que parecen imágenes reales. Las fantasías sexuales eran construidas por nosotros personalmente casi en su totalidad.  La memoria personal y su influencia han quedado suplantadas por la imagen mediática sobre la que ya no podemos interactuar, sólo recibimos. No podemos introducir elementos personales en la pornografía que vemos ni siquiera a través de Internet como sucede en otros campos. La reiteración, fragmentación y falta de imaginación del porno no es más que la reiteración, fragmentación y falta de imaginación de todo lo demás: el cine en general se está volviendo eso, la literatura, el arte… Los héroes han pasado a ser tipos insustanciales que están ‘buenos’ o están ‘buenas’, no que son buenos o son buenas.  Los mismos  actores porno son de poco para acá unos héroes mediáticos y se escribe biografías sobre ellos, por lo que son también modelos a seguir. Pero  convertir en trabajo lo que normalmente está fuera del trabajo puede ser terrible ya que obedece a lo que Toni Negri llamaba ‘tiempo de explotación’  contra el ‘tiempo de liberación’ ; si lo íntimo se mercantiliza de nuevo, ¿dónde queda el ‘tiempo de liberación’? Me imagino la estampa de una pareja  con un actor-actriz porno que regresa de trabajar y su compañera-o que le dice: ¿quieres echar un polvo? Y él o ella le responde: Ahora no que vengo de ‘trabajar’ y no quiero seguir ‘trabajando’…

 

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